
El mundo no ha vivido tanto tiempo como nos parece libre de grandes acontecimientos devastadores. Desde la Gran Hambruna del siglo XIV en Europa y la de China entre 1959 y 1961 —que acabó con la vida de más de 45 millones de personas—, hasta el catastrófico terremoto de Shaanxi en 1556 o las recientes crisis sanitarias y socioeconómicas globales. La historia demuestra cuán frágiles son nuestras estructuras sociales. A cada día su pena, a cada día sus oportunidades y sus desafíos.
Hoy asistimos a una nueva dimensión de esta fragilidad: la crisis migratoria estructural. No es otra cosa que la consecuencia de una arquitectura internacional basada en el sacrificio humano como carburante geopolítico. Actualmente, la migración se ha puesto en la cabeza de lista de los temas que más se discuten en el debate global. Unos la han hecho sus especialidades y todos sus programas, leyes y ambiciones políticas giran en torno a este fenómeno del que tanto merece hablar. Sin embargo, se comete un error analítico recurrente: siempre se habla del inmigrante, pero nadie habla de la inmigración. El inmigrante es una persona; la inmigración es un fenómeno político, económico y geopolítico. Confundir ambos conceptos dificulta cualquier debate serio.
En la guerra híbrida del siglo XXI, los flujos migratorios pueden convertirse en herramientas de presión entre Estados. Cuando una frontera se desestabiliza, el coste no es solo humano: también afecta a la economía, la estabilidad política y la confianza internacional. Así que, antes de apuntar a la consecuencia, debemos hacernos preguntas incómodas pero fundamentales:
- ¿Cómo más de 70.000 personas han podido discretamente lanzarse hacia la muerte sin que los servicios especializados de inteligencia tuvieran información previa?
- ¿A quién beneficia estratégicamente la desestabilización repentina y masiva en las ciudades de Ceuta?
- ¿Y la pregunta del millón es por qué ahora, a un mes después de la regularización extraordinaria en España y año antes de las elecciones generales?
No son preguntas fáciles, pero ignorarlas tampoco ayuda a comprender la realidad. Para descifrarlas, hay que entrar en un macro-entendimiento de nuestra estructura social con base inestable y que se derrumba frente a cualquier seísmo.
En el siglo XXI las guerras ya no siempre empiezan con tanques cruzando una frontera. A veces comienzan de forma mucho más silenciosa. La presión económica, la desinformación, los ciberataques o los movimientos masivos de población —como hemos visto en Ceuta— pueden convertirse en instrumentos de influencia política sin que se dispare un solo proyectil. Eso no significa que las armas hayan desaparecido; significa que han evolucionado. Y quizá una de las transformaciones más inquietantes sea esta: utilizar el sufrimiento humano como herramienta de presión geopolítica.
La historia nos recuerda constantemente lo frágiles que somos. Hambrunas, epidemias, terremotos o guerras han demostrado que ninguna sociedad es tan sólida como imagina. Basta una crisis para descubrir que aquello que parecía estable puede cambiar en cuestión de semanas. La inmigración también debe entenderse dentro de esa fragilidad. No surge en el vacío. Es el resultado de conflictos, pobreza, decisiones políticas, intereses económicos y rivalidades internacionales. En ocasiones, además, esos movimientos humanos dejan de ser únicamente una consecuencia y pasan a convertirse en una herramienta de presión.
Hay una idea que llevamos tiempo observando en el debate público. Siempre hablamos del inmigrante. Muy pocas veces hablamos de la inmigración. Y no es lo mismo. El inmigrante, como hemos dicho, es una persona. Tiene una historia, una familia, una vida que muchas veces ha quedado atrás y unas razones —acertadas o equivocadas— que le han llevado a abandonar su hogar. La inmigración, en cambio, es un fenómeno complejo que involucra decisiones políticas, intereses económicos, mafias, conflictos armados y estrategias de Estado. Confundir ambas cosas es como confundir la enfermedad con el enfermo. Cuando solo miramos al individuo, dejamos de preguntarnos quién crea las condiciones que hacen posible esos movimientos de población y quién puede beneficiarse de ellos.
La evolución de las armas
La historia demuestra que cada época utiliza las herramientas que tiene a su alcance. En las dos guerras mundiales predominó la fuerza militar convencional. Durante la Guerra Fría el protagonismo pasó a la propaganda, el espionaje y la influencia ideológica. Hoy hablamos cada vez más de guerra híbrida: un escenario donde la información, la economía, la energía, la tecnología y, en ocasiones, los movimientos migratorios pueden convertirse en instrumentos de presión política.
Existen precedentes documentados en distintas regiones del mundo donde algunos Estados han sido acusados de utilizar los flujos migratorios para obtener ventajas diplomáticas o presionar a otros gobiernos. Como entre Cuba y EE.UU. en 1994 conocida como la crisis de los Balseros. Sin olvidar Turquía y la UE 2020 en el río Evros o Bielorrusia contra la misma Unión Europea en 2021 cuando el gobierno de Alexander Lukashenko facilitó visados y vuelos directos a miles de personas migrantes (principalmente de Irak y Siria) para trasladarlos a la frontera con Polonia, Lituania y Letonia. Fue una estrategia deliberada para presionar a la UE y responder a las sanciones económicas impuestas contra su régimen.
Por eso, cuando analizamos episodios como los ocurridos en Ceuta, la pregunta no debería limitarse a cuántas personas cruzaron una frontera. La pregunta es si determinados actores pudieron permitir, favorecer o utilizar esa situación con fines estratégicos. Responder a esa cuestión exige pruebas, prudencia y análisis. Pero negarse siquiera a formularla también empobrece el debate.
Ceuta, Marruecos y la geopolítica
Desde la independencia de Marruecos en 1956, la reivindicación sobre Ceuta y Melilla ha formado parte de su discurso político. Es un asunto conocido y permanente en las relaciones entre ambos países. Ahora bien, una reclamación histórica no implica automáticamente que cada episodio migratorio responda a un plan previamente diseñado. Lo que sí merece ser analizado es hasta qué punto los flujos migratorios pueden convertirse, en determinados momentos, en una herramienta de presión diplomática. La geopolítica rara vez funciona mediante movimientos improvisados. Los Estados actúan pensando en sus intereses, valorando costes, beneficios y oportunidades. Por eso es razonable preguntarse si determinadas crisis fronterizas son únicamente el resultado del azar o si, en ocasiones, responden también a estrategias más amplias.
El coste que casi nunca se menciona
Cuando una frontera entra en tensión solemos fijarnos únicamente en el impacto político. Pero también existe un coste económico enorme. Los recursos públicos deben destinarse de forma urgente a seguridad, atención sanitaria, acogida, infraestructuras y asistencia humanitaria. Las administraciones locales soportan una presión extraordinaria. El comercio se resiente. Los inversores perciben mayor incertidumbre. Y el desarrollo económico de la región se ralentiza. La inestabilidad siempre acaba pasando factura. Por eso, lo que necesitamos no es solamente mirar cuántos escaños podemos sacar denigrando a los inmigrantes, sino contar con un liderazgo político con visión internacional. Porque a lo que asistimos es —después del derrumbamiento de la frontera de las ideas— a la caída de las fronteras físicas que fueron diseñadas en un tiempo excepcional de nuestra historia.
El verdadero coste
El verdadero coste nunca aparece en los presupuestos. Lo pagan las personas. Lo paga quien abandona su hogar convencido de que encontrará una vida mejor. Lo paga quien muere en el mar. Lo pagan las familias separadas por la guerra. Lo pagan quienes viven atrapados entre decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros de distancia.
En esta guerra por el poder, el mundo perderá a muchos de sus hijos, como en los acontecimientos citados. Por último, no son solamente las 70.000 personas que hemos visto en Ceuta, sino también las más de 70.000 vidas perdidas en Palestina (fuente: Naciones Unidas / UNRWA), los más de 9 millones de desplazados y refugiados en Ucrania (fuente: ACNUR), los casi 7 millones de desplazados en la República Democrática del Congo (fuente: OIM – ONU) o los más de 15 millones de desplazados en Sudán (fuente: Organización Internacional para las Migraciones), sin hablar del Sahel y de otras partes del mundo.
A lo que asistimos es a una impotencia mundial frente a un desafío común.
Palestina, Ucrania, Sudán, la República Democrática del Congo o el Sahel nos recuerdan que millones de seres humanos siguen siendo desplazados por conflictos que, muchas veces, escapan completamente a su voluntad.
Cuando hablamos de inmigración es fácil caer en cifras. Pero detrás de cada número hay una vida. Y precisamente por eso resulta tan preocupante que, en ocasiones, esas vidas puedan convertirse en piezas de un tablero geopolítico.
No pretendemos señalar al inmigrante como el problema. Todo lo contrario. Nuestra preocupación es que muchas veces el debate se queda en la consecuencia y evita mirar las causas. Si confundimos continuamente como dijimos al enfermo con la enfermedad, jamás encontraremos el tratamiento adecuado. Porque las fronteras no solo protegen territorios. También reflejan el estado de las relaciones internacionales. Y mientras los seres humanos sigan siendo utilizados como instrumentos de presión entre Estados, seguiremos asistiendo a una de las formas más silenciosas —y quizá más crueles— de ejercer poder.
Por último, para contestar a la pregunta, ¿por qué ahora, a un mes después de la regularización extraordinaria en España y año antes de las elecciones generales?
Parecería evidente que la agenda se asemeja a una operación de gran envergadura: poner el foco sobre los inmigrantes, amplificar el rechazo y alimentar la xenofobia, donde la consecuencia buscada es ganar elecciones con un proyecto político antihumano. No creemos que el objetivo final del Reino de Marruecos sea únicamente recuperar las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, sino controlar y condicionar la política española a través de ellas. Basta un simple gesto de las autoridades marroquíes para influir en la agenda y ver el cambio en la Moncloa.
Muy interesante el artículo. Gracias
Estoy bastante de acuerdo con este articulo,no se tienen en cuenta los problemas que las personas que emigran ,y emplean todo tipo de falacias como hay que cazarlos y expulsarlos, yo emigre a Europa durante doce años en 1961 y se muy bien lo que es la emigracion.