El peso de la ausencia

Para el común de los mortales, el inmigrante es aquel que se desplaza de un punto A a un punto B, cruzando territorios desconocidos con la convicción —o al menos la esperanza— de que algún día regresará al punto de inicio. Completar ese viaje largo y arduo antes de que la vida se agote.

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Pero esta imagen construida, esta cartografía del desplazamiento que el imaginario colectivo ha trazado, no alcanza a contener las dimensiones de este ser misterioso. Cuando se habla de quietud, el inmigrante está en movimiento. Cuando se anuncia la llegada, él habita ya una partida perpetua. Cuando el individual se afirma, él se encuentra en el plano de lo compartido, de lo provisional, de lo inacabado.

El espacio-tiempo convencional—ese con el que hemos aprendido a medir la vida—no se aplica a él. El inmigrante habita un relativismo constante. En ese sentido, no es la ola del mar, siempre en su nido, que sale de vez en cuando a saludar lo cercano como el vaivén de un pistón: movimiento predecible, guiado por certidumbre.

Se parece más bien a un río que avanza, arrastra, conduce y se deja conducir. A veces recorre cauces conocidos; otras veces se hace amigo de la sorpresa, de la bifurcación imprevista. En ese camino sin pausa, perderse no es un accidente: es la condición necesaria para encontrarse. Es como vencer este entierro primordial que nos hace la vida. Anda cargado de una voluntad sin limite y un optimismo abismal sino decir una utopía providencial.

El Idioma como Patria y como Jaula

Una vez cogido este camino, la nostalgia será una de su compañera de tránsito. Cada mañana, al olfatear el café del bar, el inmigrante recuerda la distancia que lo separa del lugar donde nació. Porque nada se asemeja al café de la madre—ese café comprado no con dinero sino con sangre y desvelo, por aquellas mujeres cuya vida entera se tejió alrededor del crecimiento de sus hijos.

No es solo el café. Es el bar lleno hasta los bordes, como la boca de un cocodrilo. Semejante al círculo matinal donde la familia rodea una olla grande como un lago: padres, tíos, hermanos, los hijos de los que vienen de otros lugares. Todos ellos, atrapados en el terreno conocido, encontrados dentro de una circunferencia con el deseo de hacer vivir la costumbre, descubrir lo nuevo. Y ese conocimiento—esa familiaridad ancestral—les impide percibir el olor exacto, el viento que sopla por senderos sin fin.

En el patio familiar, el idioma materno fluye natural como el aliento. Ese idioma que él sabía forjar en refranes como: “saber domar un caballo es mérito; montar un burro, habilidad; pero lo más difícil es dominarse a uno mismo.” Ese idioma, que le parecía perfecto y universal, es ahora una barrera en el nuevo país. En su cabeza se ha construido una resistencia—una muralla entre abandonar la lengua propia y adoptar la ajena.

“Mi lengua es mi patria.”—Rilke escribió que la lengua materna es el único territorio que nadie puede confiscar. Para el inmigrante, es también el primero que se fisura.

El inmigrante no solo se suscribe a esa frase: la amplía y la desgarra. La obligación de adaptarse a la nueva realidad, de aprender el mundo desde sus cimientos, desequilibra el peso que tenía el idioma materno. La costumbre familiar se convierte en carga que lo expulsa de esa patria interior que Rilke nombró. Lo único que permanece—si es que algo permanece—es el dulce recuerdo de la infancia: ese momento en que se comunicaba con su madre desde la profundidad del alma.

No se puede salir de la infancia.

De repente, sin aviso, regresa al idioma del país actual. Y sin darse cuenta, su mente le sugiere que si la ola lo llevara a otro lugar—a otro aroma de café, a otro ruido de ciudad—todo podría ser distinto. Lo que se desprende de esta oscilación permanente es un exilio secundario que no cesa: una humanidad difuminada en una bisagra entre las burbujas de distintos mundos.

El Trabajo sin Ciudadanía

La misma reflexión lo asalta cuando inicia el camino al campo, a la oficina o al aeropuerto. El punto de inflexión llega cuando se enfrenta a las condiciones humanas concretas. Siempre con su antiguo pensamiento, siempre buscando en su memoria antigua, de pronto emerge la imagen de la gran familia—padres, madres, hermanos, amigos—y se ve a sí mismo en las condiciones necesarias y suficientes para abordar esa pregunta central: ¿a quién pertenezco?

La realidad lo alcanza el día de las elecciones en su país natal: ninguna huella, ningún nombre en las listas. Se da cuenta de que la patria lo reclama cuando faltan recursos y dinero; pero cuando el humanista intenta vincularse a ella, otros la cosifican, la confirman, la materializan como conveniencia. Esa realidad lo devuelve a cuestionarlo todo: su vida, sus relaciones, y alimenta una terrible desconfianza que renace. Partir para ayudar se convierte en un fardo como una mula cargada en el desierto. Esta búsqueda incesante lo transforma en un esclavo del nuevo mundo. “Un mundo sin fe ni ley” si me refiero al gran escritor ruso León Tolstoi.

La cosificación de la persona emigrada no es herencia de un pasado destruido sin futuro, es su extensión en el presente económico.

Intenta salir de ese naufragio pensando en su trabajo, en la fuerza de sus brazos, en la voluntad de avanzar—como un lobo herido por miles de flechas que aún corre. De vez en cuando trata de establecer una relación humana. Intenta de a ver saber a los dueños de los latifundios que él también tiene patria, es decir tierra, aunque no tiene la certeza de que su nombre esté en el testamento familiar.

Se vuelca en su trabajo, se concentra en su objetivo, entrega todo su esfuerzo para que el señor de los latifundios prospere y, con él, él también. Surge una propuesta de regularización, de mejora, de aumento de salario pero el terrateniente, no ve ni escucha esta demanda. Aún piensa que, el mundo está contra él y sus propiedades, porque aumentar el salario a un precio de un café le hace perder la parte que quiere destinar a los bisnietos que aún no han nacido. Cuando hay propuestas para que opine sobre cómo desarrollar el nuevo territorio, tampoco puede pronunciarse, porque las leyes se lo impiden. Porque el que llega siempre está de paso, y el paso nunca termina de completarse.

“El migrante es el trabajador perfecto del capitalismo tardío: móvil, flexible, sin historia sindical, sin derechos acumulados, sin voz política. Es la mano de obra sin el cuerpo ciudadano.” Sandro Mezzadra

La Identidad Forjada en el Umbral

De repente lo comprende: no pertenece ni a allá ni a aquí. Abandonado a sus encuentros tristes y luminosos a la vez. Este lobo herido, este río que no deja de pensar ni de moverse, se ve obligado a forjar su propia entidad—su propia identidad.

Una identidad que no es ni de allí ni de aquí. Homi Bhabha llamó a este espacio el Tercer Espacio de enunciación: ese lugar donde la cultura no se copia ni se abandona, sino que se negocia y se transforma. No es pérdida; es génesis. El inmigrante no habita una identidad rota—habita una identidad aún sin nombre. Es un agente cultural; se asemeja al mercader que porta una mercadería valiosa cuyo precio nadie ha fijado todavía. En eso, el inmigrante vuelve a romper la ley de la oferta y la demanda: es al mismo tiempo garante y protector de la cultura que lo formó, e integrante de la nueva cultura que lo recibe, buscando un equilibrio cuyos términos él mismo desconoce.

El peso de la ausencia no es entonces el peso de lo que se dejó atrás. Es el peso de lo que todavía no tiene nombre. Es el peso de una identidad que se construye—dolorosamente, lentamente, con la paciencia de quien no tiene otra opción—en el único territorio verdaderamente propio que el inmigrante posee: el movimiento mismo.

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